MONSEÑOR FRANCISCO PISTILLI SE PRONUNCIA TRAS LAS MUERTE DE MARÍA FERNANDA

Aunque muchos no conocimos a María Fernanda en vida, su trágica muerte nos ha impactado profundamente. Una conmoción social se ha levantado ante la alevosía y la perversidad que le arrebataron su vida y la del bebé que gestaba. La indignación es palpable.

Quienes han sido víctimas o testigos de actos tan ultrajantes, perversos y execrables, quienes se han sentido violentados e impotentes ante la transgresión de la integridad personal y de la ley, quienes sienten enojo y la urgencia de actuar, saben bien lo que significa la indignación. Y comprenden, con toda certeza, que debe haber una reparación.

Como sociedad civilizada, tenemos dos tareas fundamentales: primero, devolverle la dignidad que le fue arrebatada a través de la justicia; y segundo, sostener nuestra propia dignidad como sociedad. Esto implica juzgar a los victimarios con la altura moral correcta, resistiendo el impulso de descender a su mismo nivel. Es vital que comprendan la magnitud de su delito y cumplan la pena justa impuesta, recapaciten o no.

La primera tarea es esencial: honrar a María Fernanda y a toda vida, reconociendo que todos somos como ella. La segunda es decisiva y crucial: elevar nuestra sociedad por encima de reacciones impulsivas, asegurando que nuestros principios morales prevalezcan sobre cualquier acción perversa.

Como humanidad, tenemos dos tareas adicionales. Primero, rodear de compasión a la familia, amigos y allegados en su profundo dolor. Segundo, asegurar que la frustración por no haber podido proteger su vida se traduzca en cambios verdaderos en todos los ámbitos de nuestra sociedad e instituciones.

Es comprensible, y necesario, que la sociedad se exprese públicamente, aunque esto genere presión sobre quienes imparten justicia. Es la forma de manifestar que la sociedad participa activamente en la búsqueda de justicia, velando junto con las instituciones. Mantener el equilibrio será una tarea conjunta de ciudadanos e instituciones.

Lo que no debemos permitir es que, en el río revuelto de la frustración y la indignación, se confundan nuestras tareas con populismos o ideologías que buscan provecho personal o rédito político, disfrazados de una empatía de conveniencia. Tampoco podemos, en el calor del momento, limitarnos a emitir leyes que tapan el sol con un dedo, leyes que solo penalizan sin comprender las causas profundas que requieren acción y sin contemplar las consecuencias a largo plazo de un castigo sin prevención ni reinserción.

Como sociedad, como comunidad, como pueblo, debemos reconocer con dolor que no estuvimos para María Fernanda antes de que su vida se desvaneciera ante la brutalidad de sus victimarios. El peso de su muerte es un recordatorio de que le fallamos, y seguiremos fallándole a ella y a tantos otros, si no hacemos lo correcto para prevenir, cuidar y reparar.

La frustración y la indignación deben impulsarnos a pensar y actuar como sociedad, con principios más sólidos, valores más humanos y medidas más coherentes, constructivas y respetuosas del bien personal y social. De lo contrario, no honraríamos a María Fernanda, a su bebé ni a la sociedad que anhelamos construir.

Como comunidad dolida, necesitamos tiempo para sanar y acciones sanadoras. Comparto la profunda indignación y, aunque no puedo imaginar el inmenso dolor de la familia, me uno a su acompañamiento y oración. Me comprometo e invito a seguir trabajando para que esto no vuelva a suceder, y pido que, en medio de tanta oscuridad, logremos encender juntos una luz de amor más fuerte, atento, cuidadoso, respetuoso y dignificante para cada persona, cada vida, cada ser humano.

Encomiendo la vida de María Fernanda y de su bebé a Cristo, Buen Pastor, y a nuestra Madre Santísima. Que, tras tanto dolor, encuentren paz en el Amor perfecto del Padre Dios. Para sus seres queridos, imploro el consuelo de lo alto y la tierna misericordia de nuestro Redentor, capaz de sanar y transformar.

Que encuentres paz, María Fernanda, con tu pequeño bebé.

+ Francisco Javier Pistilli Scorzara